¿Que os puedo contar de mi dolor? El niño era como un joven ciprés, cuyas raíces son arrancadas por el viento. Todo lo que podía decir mi corazón era: "A Dios ha ido puro, mientras que yo, vieejo pecador, llegaré indigno".
Un día loco de angustia, fui a su tumba y levanté la lápida. En el interior, todo era angusto, agobiante y oscuro. Retrocedí lleno de miedo y confusión.
Y en ese triste estado me pareció oír la voz de mi amado hijo:
-¡Padre! ¿Tienes miedo de este oscuro lugar? Sé, entonces, sabio y trae tu propia luz en tu interior.
¡Quieres que la noche de la tumba sea como la del día? Entonces, enciende ahí fuera, en el mundo, una lámpara de buenas acciones.
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